Gracias, guerreras. Gracias, grandes chilenas.

Por José Antonio Lizana

Hace unos cuantos días, cayó una noticia que acelera el corazón del ambiente deportivo: en el Mundial Máster de Daegu, en la lejana Corea del Sur, cuatro mujeres vestidas con los colores de nuestra tierra tocaron el cielo. Chile se vistió de gloria al conquistar la medalla de plata en el relevo 4×100.

En esa pista sagrada, Magdalena Rosenfeld, Evelyn Ortiz, Mariela Sepúlveda y Andrea Gómez, no solamente corrieron rápido, sino que se elevaron hasta tocar el cielo.

Particularmente, he tenido el inmenso privilegio de contemplar la historia de Andrea Gómez, desde que era solo un destello en la línea de partida. Tres entrevistas a lo largo de doce años, registraron sus veloces zancadas.

La vi tantas veces en la soledad del Estadio Santiago Bueras de Maipú, donde el viento pega fuerte y las gradas guardan silencio. Allí, cuando nadie miraba, Andrea solo contaba con dos aliadas, la fe en su inquebrantable corazón y la fuerza implacable de sus piernas. Sufrió el desierto de la indiferencia, batalló contra las sombras de la duda, perseveró en la adversidad absoluta y al final, venció.

En ese camino largo y empedrado, hubo cicatrices, lágrimas y pérdidas que habrían hecho rendir a cualquiera. Andrea jamás soltó el hilo de su destino, porque en lo más profundo de su ser sabía que su instante con la eternidad estaba reservado. Como en aquel inolvidable relato que paralizó a Chile cuando el metal dorado acarició nuestro pecho en Atenas, hoy el eco de la historia vuelve a resonar para decir de ella lo que solo se reserva a los gigantes: «Luchó como nadie, peleó como nadie y se lo merece como nadie«.

Con la emoción desbordando el alma, le escribí para aplaudir su hazaña. Me confesó que había dormido abrazada a su medalla, ese pedazo de metal que contenía el peso de todos sus años de sacrificio. Con el aliento aún entrecortado, me dijo:
​»Esto es un sueño, es algo maravilloso. Me costó la vida. Cada minuto, cada segundo de entrenamiento y cada lesión valieron la pena. Nadie lo supo, pero corrí con el tendón roto… pero lo hice igual. No sabía que tenía tanta valentía, tanta determinación y tanto enfoque. Lo que se dio en esta carrera es algo extraordinario en términos de alto rendimiento, porque el cuerpo y la mente no tienen límites. Di todo y lo hice en el segundo preciso. Me costó, pero lo logré«.

Las palabras de Andrea no solo erizan la piel, conmueven hasta las lágrimas y transforman la sangre en fuego.

Gracias a estas guerreras. Gracias, gigantes chilenas, por escribir con sudor, sangre y honor las páginas doradas del atletismo nacional, bañadas con el brillo inmortal de la plata conseguida en el Mundial Máster.

José Antonio Lizana es escritor, diplomado en periodismo deportivo, fundador del Colectivo de Escritores Deportivos Independientes y autor de los libros Ceacheí, Rayando la cancha, Mojando la camiseta, Pisando la pelota y Pelota en las redes sociales. En 2009 el Círculo de Periodistas Deportivos de Chile le otorgó el premio “Aporte a la Literatura Deportiva”.

Foto: Instagram Evelyn Ortiz

Comparte en redes sociales

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *