Gracias por tanto, perdón por tan poco

Por José Antonio Lizana

Fue memorable lo ocurrido anoche con los muchachos del vóleibol ante Argentina en la final de los Juegos Suramericanos.

Cambiar la historia a domicilio, con un recinto abarrotado gritando en contra y en las entrañas de una potencia cuyo corazón late a ritmo deportivo, no es para cualquiera.
Asimismo, fue conmovedor ver a esa misma multitud local, tras ovacionar con hidalguía al campeón, unirse en un solo canto de apoyo y respeto hacia su selección.

Aquella escena parecía un pasaje de surrealismo. Resulta imposible no mirar hacia atrás y y sentir que se nos apreta el pecho al recordar el avergonzante e impresentable episodio de los sillazos en el Parque O’Higgins durante la Copa Davis del año 2000. Qué bofetada de madurez y de humanidad nos han dado, cuánta nobleza nos falta y cuánto nos queda por aprender del significado del deporte.

Este triunfo no es un hecho aislado, es el grito de una disciplina que se niega a la invisibilidad. Apenas unos días antes, las mujeres del vóleibol hicieron lo propio, doblegaron a Paraguay y sellaron una campaña invicta y soberbia.

Lo de ambos planteles es una hazaña con todas sus letras. El equipo masculino regresa a nuestra tierra con un bicampeonato histórico bajo el brazo, una gesta que debería hacer retumbar las ciudades, movilizar a la gente a las calles a tocar las bocinas y encender el orgullo nacional de esquina a esquina.

Sin embargo, la realidad nos devuelve a nuestro triste letargo. Nos duele admitirlo, pero carecemos de una verdadera cultura deportiva. Somos una sociedad ingrata y seca para entregarle afecto a sus atletas, ciega por el desapego hacia cualquier disciplina que no sea el fútbol y desconocedora del peso real que tiene competir en la élite internacional.

Nuestra idiosincrasia deportiva es cruel, la voz sale ronca, destemplada y despiadada para destrozarlos ante la derrota, pero cuando estos gigantes ganan con autoridad aplastante, las manifestaciones de afecto son tibias, casi por compromiso. No sabemos lo que somos, ni tenemos la menor idea del tesoro que poseemos.

Estos hombres y mujeres han dejado el alma en la cancha, postergando vidas y superando carencias, para regalarnos una gloria que apenas alcanzamos a dimensionar. Este bicampeonato y esta campaña invicta no solo merecen el reconocimiento unánime de las autoridades a su llegada y el premio indiscutido a la mejor actuación del año. Merecen, por sobre todas las cosas, que este país por fin abra los ojos, les de las gracias por tanto y les pida perdón por tan poco.

José Antonio Lizana es escritor, diplomado en periodismo deportivo, fundador del Colectivo de Escritores Deportivos Independientes y autor de los libros Ceacheí, Rayando la cancha, Mojando la camiseta, Pisando la pelota y Pelota en las redes sociales. En 2009 el Círculo de Periodistas Deportivos de Chile le otorgó el premio “Aporte a la Literatura Deportiva”.

Foto: Santiago Bahamonde / Team Chile

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